Las siniestras razones por las que nos enamoramos

El amor no es tan lindo como lo pintan. Al menos en su origen

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Las siniestras razones por las que nos enamoramos
Los vínculos en las parejas después de mucho tiempo son similares a los de una madre y su hijo.
Foto: Shutterstock

El corazón late un poco más rápido, las glándulas se abren a pequeños hilos secretos de sudor y tu cuerpo empieza a producir hormonas, que te hacen sentir un poco mareado y calentito por dentro.

Estos son algunos de los procesos biológicos que ocurren cuando entramos en las primeras etapas del amor, o del enamoramiento, es difícil decir de qué se trata.

Si se examina la evolución del amor en el reino animal, queda claro que el amor se originó mucho antes que la humanidad.

Una pareja a contraluz

Es más, es incluso posible que naciera de algo bastante siniestro. El viaje hacia el amor, tal y como lo conocemos hoy en día, empezó con el sexo, una de las primeras cosas que los seres vivos aprendieron a hacer.

El sexo empezó como una manera de pasar los genes de un organismo a la siguiente generación. Para amar, los organismos vivos necesitaban primero un cerebro que pudiera lidiar con las emociones.

Cerebros más grandes

No fue hasta varios billones de años después del nacimiento de la vida, cuando el cerebro empezó su viaje hacia la existencia.

Cráneo de Homo erectus

El Homo erectus tenía un cerebro más grande que sus antecesores.

Al principio, fue solo un pequeño puñado de células. Adelantemos el reloj hasta hace 60 millones de años, cuando aparecieron los primeros miembros de nuestra familia, los primates.

Tras millones de años más, algunos primates evolucionaron para tener cerebros más grandes, de lo que surgieron finalmente los humanos modernos.

Pero había un problema. A medida que nuestros cerebros crecían, nuestros bebés tenían que nacer en una etapa anterior de su proceso de desarrollo. Si no, sus cabezas serían demasiado grandes para pasar por el canal de nacimiento.

Como resultado, las crías de gorila, los chimpancés y los humanos son casi completamente inútiles cuando nacen. Sus padres tenían que pasar más tiempo cuidándolos. Esta infancia prolongada creó un nuevo riesgo.

En el caso de muchos primates en la actualidad, una madre con una cría dependiente no está disponible para aparearse hasta que la cría es destetada.

Para tener acceso a la hembra, un macho tendría primero que matar a la cría. Este tipo de infanticidio se da en muchas especies, como los gorilas, los monos y los delfines.

Una imagen del cerebro humano

Partes muy antiguas del cerebro se activan cuando nos enamoramos.

Esto llevó a Kit Ople, del University College de Londres, y a sus colegas, a proponer una idea asombrosa. Casi un tercio de los primates forman relaciones monógamas entre macho y hembra. En 2013, Opie sugirió que este comportamiento había evolucionado para evitar el infanticidio.

Monogamia: ¿favorecida por la evolución?

Su equipo observó el árbol familiar de los primates y reconstruyó cómo comportamientos como el apareamiento y la crianza cambiaron a lo largo de la evolución.

Sus análisis sugirieron que el infanticidio fue el motor de la monogamia durante 20 millones de años, porque consistentemente precedió a la monogamia en la evolución.

Otras especies encontraron soluciones diferentes, razón por la que no todos los primates son monógamos. Por ejemplo, los chimpancés y los bonobos minimizan el riesgo de infanticidio siendo muy promiscuos. Los machos no matan a las crías porque no saben cuáles son las suyas.

Dos manos a punto de tocarse

Pero en esas especies en las que los machos y las hembras empezaron a establecer fuertes vínculos, las posibilidades de sobrevivencia de sus crías mejoraron porque los machos podían ayudar con la crianza .

Como resultado, la monogamia fue favorecida por la evolución , dice Opie.

El “golpe” que cambió la historia

Puede ser que el proceso fuera de un solo sentido, dice Robin Dunbar, de la Universidad de Oxford, en Reino Unido. Pudo haber resultado en importantes cambios en el cerebro “para mantener a la pareja junta para toda la vida”. Esto incluye la preferencia hacia una pareja específica y el antagonismo con los potenciales rivales.

Esto, a su vez, puede haber sido “el golpe” que cambió la evolución humana, dice Opie.

Los cuidados adicionales proporcionados por los machos ayudaron a las primeras sociedades humanas a crecer y prosperar, lo cual a su vez “permitió a nuestros cerebros crecer más que los de nuestros familiares cercanos”.

Hay evidencia que apoya esto. A medida que se expandió el tamaño cerebral, también lo hizo la cooperación y el tamaño de grupo. Podemos ver una tendencia hacia mayores grupos y más cooperación en la temprana especie humana del Homo erectus, que vivió hace casi dos millones de años.

Incluso más, parece que algunos aspectos del amor dependen de regiones del cerebro que solo aparecieron bastante recientemente en nuestra historia evolutiva.

El cerebro y el amor

Stephanie Cacioppo, de la Universidad de Chicago en Estados Unidos, revisó la literatura científica para encontrar estudios de imagen cerebral que analizaran las partes del cerebro que participan en el amor.

Dos animales con las cabezas juntas
No todas las especies optan por una estrategia monógama.

Encontró que los estados de amor más intensos y “abstractos” dependen de una parte del cerebro llamada el giro angular.

Se sabe que es importante para algunos aspectos del lenguaje, como las metáforas. Esto tiene sentido, dado que sin un lenguaje complejo no podemos expresar los aspectos más refinados e intensos de nuestras emociones.

El giro angular solo se encuentra en los grandes monos y en los humanos. Sin embargo, la idea de Opie de que el infanticidio inició este proceso es controvertida. No todo el mundo está de acuerdo en su papel sobre el desarrollo de la monogamia.

El antropólogo Robert Sussman, de la Universidad de Washington en Missouri, Estados Unidos, es uno de los escépticos.

Dice que tanto la monogamia como el infanticidio son comportamientos tan poco comunes que es improbable que estén vinculados.

Otras teorías

Hay teorías alternativas. Un estudio de 2014 sugirió que la monogamia evolucionó como un producto de la “estrategia de guardia de los machos”  es decir, que los machos se quedan con las hembras para asegurarse de que nadie más se apareja con ellas.

Dos monos con su cría
Todo empezó con el amor maternal.

Un año después, otro estudio reconstruyó la evolución de otro grupo de primates llamados lémures. Encontró que la competición entre las hembras pudo fomentar los vínculos de pareja.

Opie no está de acuerdo. Cree que los métodos de estos estudios “no pueden usarse para determinar el cambio a la monogamia”. Lo que es evidentemente cierto es que muchos primates viven bien sin padres emparejados, y seguramente sin nada parecido al amor romántico.

Pero hay una cosa que todos los primates comparten: un fuerte vínculo entre madre e hijo. Esto es cierto “incluso en los primates nocturnos que viven solos”, dice Sussman. Sugiere que los procesos cerebrales del vínculo materno-filial fueron “secuestrados” para crear el amor romántico.

Hay evidencia de la neurociencia que sugiere que esto es así.

Etapas del amor

El amor es difícil de definir, pero los neurocientíficos están de acuerdo en que hay varias etapas entremezcladas.

La primera es la del deseo sexual: nos sentimos atraídos a otra persona. Tocarla nos hace producir sustancias que nos hacen sentir bien, y experimentamos unas ganas enormes de estar con esa persona.

A medida que el deseo da paso a otra etapa, la del amor romántico, el sistema límbico bombea dopamina y la hormona oxitocina, que amarra a la pareja.

Esta progresión implica que el intenso placer de la etapa del deseo sexual puede llevar directamente al amor, dice Cacioppo. “El amor tiende a crecer del deseo. No puedes amar apasionadamente a alguien al que nunca deseas“.

Al mismo tiempo, se suprimen otras zonas más avanzadas del cerebro. Por ejemplo, la ciencia ha demostrado que algunas partes del córtex prefrontal se desactivan. Esta es un área que participa en las decisiones racionales.

En esta etapa, estamos literalmente “locamente enamorados”. Las personas enamoradas no procesan el mundo a su alrededor , dice Thomas Lewis, un neurocientífico de la Universidad de California, San Francisco. “No están evaluando críticamente a la persona o de una forma altamente cognitiva”.

La serotonina, que nos ayuda con frecuencia a sentirnos tranquilos, también se suprime.

Dos monos abrazándose
¿Cuál es el punto de estar juntos por siempre, desde el punto de vista biológico?

Esto tiene sentido si consideramos cómo nos podemos obsesionar cuando nos enamoramos. Los niveles de serotonina también son bajos en los cerebros de individuos con desórdenes psicológicos como el desorden obsesivo compulsivo.

“Lo que la evolución quiere del estado de enamoramiento es que los dos individuos pasen mucho tiempo juntos, para conseguir un embarazo”, dice Lewis. Pero una vez se cumple, las parejas no siguen vinculadas en un estado tan intenso y obsesivo durante mucho tiempo.

Lo que pasa después

Ahora los niveles de serotonina y dopamina se normalizan. Pero persiste un sentimiento de cercanía, ayudado por más oxitocina. Si suprimes la oxitocina en las especies monógamas, los animales dejan de ser monógamos.

Esto nos devuelve a la sugerencia de Sussman de que el amor romántico evolucionó del vínculo materno-filial. Los vínculos en las parejas que llevan mucho tiempo juntas son similares a los de una madre y su hijo y dependen de procesos hormonales similares.

Dos personas dándose la mano
… es mucho lo que le debemos a esa cosa pequeña y loca cosa llamada amor.

Tanto en animales como en humanos, la ciencia ha mostrado que la separación de un ser querido crea sentimientos similares de dolor emocional. Estos sentimientos parecen tener raíces en la historia de la evolución.

El sistema límbico tiene un papel en todas las etapas conocidas del amor. Muchos otros mamíferos, e incluso reptiles, tienen alguna forma de sistema límbico. Esta zona del cerebro estaba presente mucho antes de los primeros primates.

Las zonas más antiguas del cerebro participan en el apego y la vinculación afectiva, y se activan en muchas especies“, dice Cacioppo. En otras palabras, los cerebros de los animales han sido preparadas para al menos algunas formas de amor durante cientos de millones de años.

Sea o no que el infanticidio o el vínculo de una madre con su cría que nos llevó a acercarnos, podemos dar las gracias. Debemos gran parte de nuestro éxito como especie a esta pequeña y loca cosa llamada amor.

– Melissa Hogenboom

Lee la historia original en inglés en BBC Earth

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